RESPETO Y JERARQUÍA EN LA POLICÍA: AUTORIDAD, LIDERAZGO Y REALIDAD OPERATIVA

La jerarquía en cualquier cuerpo policial no es discutible. Es la base sobre la que se construye la disciplina, la coordinación y la eficacia del servicio. Sin cadena de mando, no hay operatividad.

Pero hay algo que conviene dejar claro, especialmente en el contexto actual: la jerarquía no legitima cualquier forma de ejercer el mando.

En la Roma clásica, existían tres maneras distintas de interpretar el poder: el «imperium», la «potestas» y la «auctoritas».

El «imperium» era un poder absoluto propio de quienes tenían capacidad de mando, se trataba fundamentalmente, de los cónsules y los procónsules. Luego estaba la «potestas» que era el poder formal que otorgaba el cargo, la norma y la posición jerárquica. Y, por último, existía la «auctoritas» que era un poder moral, basado en el reconocimiento o prestigio de una persona.

En el ámbito policial, la «potestas» viene dada por las galoneras o divisas.

La «auctoritas», en cambio, se construye cada día en la calle y en el trato con el equipo.

Resulta preocupante observar dinámicas en las que determinados mandos confunden el ejercicio legítimo de la autoridad con prácticas de desconsideración, trato vejatorio o exigencias de subordinación acrítica. Este tipo de conductas no solo deterioran el clima interno laboral, sino que afectan directamente a la eficacia del servicio ordinario.

La obediencia debida, como principio básico, no puede interpretarse como sumisión personal ni como renuncia a la dignidad profesional del agente. El liderazgo eficaz no necesita imponerse constantemente.

Se reconoce en el mando que da la cara, que asume decisiones, que respalda a su equipo y que exige con coherencia. Ese tipo de mando no pierde autoridad, siempre la refuerza.

Dentro de la Policia, el respeto no puede ser unidireccional. El uniforme es el mismo para todos. Las galoneras o divisas indican responsabilidad, nunca superioridad moral. Cuando el respeto se rompe en un sentido, termina rompiéndose en ambos, y con ello se resiente la confianza operativa.

Voces autorizadas dentro del ámbito policial, como la del comisario principal Javier Daniel Nogueroles (Jefe de la División de Formación y Perfeccionamiento de la Policía Nacional), ha insistido en una idea clave: “El liderazgo no se basa en el empleo, sino en la credibilidad que proyecta el mando.”

En los últimos años, y especialmente en la actualidad reciente, se han evidenciado tensiones internas en materia de liderazgo, jerarquía y confianza dentro de los cuerpos policiales en España.

Casos recientes han puesto el foco en los mandos:

• Dimisiones de altos cargos tras acusaciones graves dentro de la cadena de mando, con denuncias incluso de abuso de poder sobre subordinados.

• Necesidad de revisar protocolos internos y reforzar mecanismos de protección frente a abusos jerárquicos.

• Debate interno sobre el papel de los mandos y la importancia de una dirección basada en la ejemplaridad y la rendición de cuentas.

Esto no es un problema aislado. Es un síntoma.

Cuando la estructura jerárquica pierde credibilidad, la «potestas» se mantiene pero la «auctoritas» desaparece.

La Policía necesita jerarquía, disciplina y obediencia. En eso, estamos todos de acuerdo. Son elementos estructurales sin los cuales no puede existir una organización operativa capaz de responder con eficacia ante situaciones complejas.

La jerarquía ordena, la disciplina garantiza la ejecución y la obediencia permite la coordinación inmediata.

Pero todo eso, por sí solo, no es suficiente. Porque una estructura puede estar perfectamente definida sobre el papel y, sin embargo, fallar en la práctica si quienes la dirigen no están a la altura de la responsabilidad que implica mandar a sus subordinados en contextos de riesgo real.

¡Ahí es donde entra el liderazgo!

El liderazgo no figura en ninguna escala jerárquica, pero lo condiciona absolutamente todo. No se impone por normativa ni se adquiere automáticamente con el ascenso. Es una competencia que se construye en el día a día, en cada decisión, en cada intervención y, sobre todo, en la forma de tratar a quienes están bajo tu mando.

El policia que sale a la calle necesita saber que detrás de la orden que le han dado, hay criterio, que detrás de la exigencia, hay ejemplo y que, cuando la situación se complique, el mando no desaparecerá ni trasladará la responsabilidad hacia abajo. Ese es el punto clave para el perfecto equilibrio entre mando y subordinado.

Porque mandar no es únicamente dar órdenes, es asumir consecuencias, no es tener un poder sobrenatural que te hace invisible frente a los problemas.

El verdadero problema aparece cuando el mando se limita a ejercer su posición formal, pero no desarrolla la capacidad de liderar. En ese escenario, la obediencia se mantiene, pero la implicación siempre desaparece. Se cumple lo mínimo, se pierde iniciativa y se debilita la cohesión con el equipo.

Y en la policía, donde la intervención depende muchas veces de la confianza entre compañeros, eso tiene un impacto directo en el servicio.

Por eso, más allá de la jerarquía, la disciplina y la obediencia, lo que realmente determina la calidad de una organización policial es el nivel de liderazgo de sus mandos.

Porque al final, en la práctica operativa, no se sigue solo una orden, se sigue a quien la da.

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